─ ¿Cuál es la más
meritoria de todas las virtudes?
Todas las virtudes
tienen su mérito, porque todas son señales de progreso en el camino del bien.
Hay virtud siempre que hay resistencia voluntaria a las incitaciones de las
malas inclinaciones; y la sublimidad de la virtud consiste en el sacrificio
voluntario del interés personal por el bien del prójimo. La virtud más
meritoria está fundad en la caridad más desinteresada.
─ Hay personas que
hacen el bien espontáneamente, sin que tengan que vencer ninguna incitación o
sentimiento contrario, ¿tienen estos tanto mérito como los que han de luchar
con su propia naturaleza y la vencen?
Los que no tienen
que luchar es porque en ellos se ha realizado ya el progreso. Han luchado en
otro tiempo y han vencido, y de aquí que los buenos sentimientos no le cuesten
ningún esfuerzo y les parezcan muy naturales sus acciones; el bien se ha
convertido para ellos en hábito. Débeseles honrar, pues, como a viejos
guerreros que han ganado sus grados.
Como están lejos
aún de la perfección, esos ejemplos os sorprenden por el contraste, y los
admiráis tanto más cuanto más raros son; pero sabed que en los mundos más
adelantados que el vuestro, es regla general lo que es excepción en el vuestro.
En ellos es espontáneo por todas partes el sentimiento del bien; porque no
están habitados más que por los espíritus buenos, y una sola mala intención
sería allí una excepción monstruosa. He aquí porqué en ellos los hombres son
felices, y así sucederá en La Tierra cuando la humanidad se haya transformado,
y cuando comprenda y practique la caridad en su verdadera acepción.
─ A parte de los
defectos y vicios, respecto de los cuales nadie puede equivocarse, ¿cuál es la
señal más característica de la imperfección?
El interés
personal. Las cualidades morales son a menudo como el dorado de un objeto de cobre,
que no resiste el toque o rose con una piedra. Un hombre puede poseer
cualidades reales que le hacen un hombre de bien a los ojos de los otros; pero,
aunque semejantes cualidades sean un progreso, no resisten siempre a ciertas
pruebas, y basta a veces tocar la fibra de su interés personal para descubrir
la realidad. El verdadero desinterés es una cosa rara en el mundo, que cuando
se presenta se le admira como un raro fenómeno.
El apego a las
cosas materiales es una señal notoria de inferioridad; porque cuanto más se
apega el hombre a los bienes del mundo, menos comprende su destino. Con el
desinterés prueba, por el contrario, que contempla el porvenir desde un más
elevado punto.
─ Hay gentes
desinteresadas sin discernimiento, que derrochan su fortuna sin provecho real y
sin emplearla racionalmente; ¿tienen algún mérito?
Tienen el del
desinterés, pero no el del bien que podrían hacer. Si el desinterés es una
virtud, la dilapidación irreflexiva es siempre una falta de juicio por lo
menos. No se da a los unos la fortuna para que la despilfarren, como no se da a
los otros para que la encierren en sus arcas. Es un depósito del que habrán de
dar cuenta; porque habrán de responder de todo el bien que estaba en sus manos
hacer, y que no hicieron; de todas las lágrimas que hubieran podido secar con
el dinero que han dado a los que no lo necesitaban.
─ El que hace el
bien, no con la mira de una recompensa terrena, sino con la esperanza de que se
le tomará en cuenta en la otra vida, y de que su posición será mejor en
consecuencia, ¿es reprensible y perjudica a su adelanto semejante pensamiento?
Es preciso hacer el
bien por caridad; es decir, con desinterés.
─ Cada uno, empero,
tiene el natural deseo de adelantar para salir del penoso estado de esta vida;
los mismos espíritus nos enseñan a practicar el bien con este objetivo. ¿Es,
pues, un mal el pensar que, haciendo el bien puede esperarse una mejor vida que
en La Tierra?
Ciertamente que no.
Pero el que hace el bien de manera automática, espontánea, desinteresadamente y
por el solo placer de ser agradable a su prójimo que sufre, se encuentra ya en
un grado de adelanto significativo, que le permitirá llegar a la dicha mucho
antes que su hermano que también hace el bien pero por reflexión y
razonamiento, y no propiamente por un impulso o arrastre natural de su corazón.
─ ¿No ha de
establecerse aquí una distinción entre el bien que puede hacerse al prójimo, y
el cuidado que uno pone en corregirse de sus defectos? Concebimos que hacer el
bien con la idea de que se nos tomará en cuenta en la otra vida, aunque es
meritorio, no lo es tanto; pero enmendarse, vencer sus pasiones, corregir su
carácter con la mira de aproximarse a los espíritus buenos y elevarse, ¿es,
igualmente, señal de inferioridad?
No, no. Por hacer
el bien entendemos el ser caritativo. El que calcula lo que cada buena acción
puede reportarle a sí mismo en la vida futura como en la terrestre, procede
como un egoísta. Pero no existe egoísmo en mejorase con la mira de acercarse a
Dios, pues este es el objetivo por el que debe propender cada uno.
─ Puesto que la
vida corporal no es más que una permanencia temporal en La Tierra, y que
nuestro principal cuidado ha de ser el porvenir, ¿es útil esforzarse en
adquirir conocimientos científicos que solo se relacionan con las cosas y con
las necesidades materiales?
Sin duda es útil.
Ante todo porque os pone en disposición de aliviar a vuestros hermanos, y
después porque tu espíritu progresará más de prisa, si ha progresado ya
intelectualmente. En el intervalo de las encarnaciones, aprendéis en una hora
lo que os costaría años en La Tierra. No hay conocimiento alguno inútil; todos
contribuyen en mayor o en menor grado al progreso, porque el espíritu perfecto
debe saberlo todo, y porque debiendo realizarse en todos los sentidos, todas
las ideas adquiridas favorecen el desarrollo del espíritu.
─ De dos hombres
ricos, en donde el primero ha nacido en la opulencia y nunca ha conocido la
necesidad, mientras que el segundo debe su fortuna al trabajo, y ambos la
emplean exclusivamente en su satisfacción personal, ¿cuál es más culpable?
El que ha conocido
el sufrimiento, porque sabe lo que es sufrir y conoce el dolor que ─ahora que
puede─ no quiere ayudar a aliviar en otros, de los cuales, con mucha
frecuencia, ni se acuerda de ellos.
─ El que acumula
sin cesar y sin hacer bien a nadie, ¿tiene excusa valedera con el argumento de
que amontona para legar más a sus herederos?
Eso no es un ajuste
con su mala conciencia.
─ De dos avaros, el
uno se priva de lo necesario, no se da gusto alguno y, finalmente, muere de
hambre junto a su tesoro. El segundo solo es avaro respecto de los otros, es
pródigo y gastador para sí mismo, y mientras retrocede ante el más pequeño
sacrificio para prestar un favor o hacer un servicio, nada le cuesta satisfacer
todos sus gustos y pasiones. Si se le pide un favor, siempre tiene excusas para
no hacerlo y dice estar en mala situación, pero siempre tiene lo suficiente
para complacerse todos sus caprichos. ¿Cuál de los dos es más culpable, y cuál
tendrá peor lugar en el mundo de los espíritus?
El que goza. Es más
egoísta que avaro. El otro ha encontrado ya parte de su castigo.
─ ¿Es reprensible
envidiar la riqueza, cuando sucede por deseo de hacer el bien?
El sentimiento,
cuando es puro, es laudable, no cabe duda; pero semejante deseo, ¿es siempre
completamente desinteresado y no encuentra alguna pretensión personal? La
primera persona a quien se desea hacer bien, ¿no es con frecuencia a sí mismo?
─ ¿Hay culpabilidad
en estudiar los defectos de los otros?
Si es para divulgarlos
a fin de que sean criticados, hay mucha culpabilidad, porque es faltar a la
caridad. Si es para sacar provecho del estudio y evitarlos en sí mismo, puede
ser útil a veces; pero es preciso no olvidar que la indulgencia, tolerancia y
paciencia, para con todos los defectos ajenos en una de las virtudes
comprendidas en la caridad. Antes de reprochar a los otros sus imperfecciones,
ved si puede decirse otro tanto de vosotros. Procurad, pues, tener las
cualidades opuestas a los defectos que criticáis en otro, que este es el medio
de haceros superiores. Le censuráis la avaricia, sed generosos; el orgullo, sed
humildes y modestos; la dureza, sed amables; la pequeñez en las acciones, sed
grandes en todas las vuestras; en una palabra: haced de modo que no se os pueda
aplicar esta frase de Jesús: "Ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en
el suyo".
─ ¿Hay culpabilidad
en buscar los defectos de la sociedad y en destaparlos?
Depende del sentimiento
que conduce a hacerlo. Si el escritor o periodista no tiene otra mira que
producir escándalo y malestar, se está procurando un goce personal, presentando
esas informaciones y esos cuadros que sirven más de malo que de buen ejemplo. Ese
espíritu distingue, y puede ser castigado por esa clase de placer que
experimenta revelando el mal.
─ ¿Cómo podrá
juzgarse, en caso semejante, de la pureza de las intenciones y de la sinceridad
del escritor?
Eso no siempre es
útil. Si escribe cosas buenas, aprovechaos de ellas. Y si él obra mal, esa es
cuestión de conciencia que solo a él atañe. Por lo demás, si desea probar su
sinceridad, tócale apoyar el precepto con el ejemplo propio.
─ Ciertos autores
han publicado obras muy bellas y morales que favorecen el progreso de la
humanidad; pero de las cuales se han provechado muy poco sus autores; ¿se les
toma en cuenta, como espíritus, el bien que han hecho sus obras?
La moral sin las acciones, es la semilla sin
trabajo. ¿De qué os sirve la semilla, si no la hacéis fructificar para
alimentaros? Esos hombres son más culpables, porque tenían inteligencia para
comprender. No practicando las máximas que daban a los otros, han renunciado a
recoger el fruto.