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15.5.13

LAS VIRTUDES Y LOS VICIOS

─ ¿Cuál es la más meritoria de todas las virtudes?

Todas las virtudes tienen su mérito, porque todas son señales de progreso en el camino del bien. Hay virtud siempre que hay resistencia voluntaria a las incitaciones de las malas inclinaciones; y la sublimidad de la virtud consiste en el sacrificio voluntario del interés personal por el bien del prójimo. La virtud más meritoria está fundad en la caridad más desinteresada.

─ Hay personas que hacen el bien espontáneamente, sin que tengan que vencer ninguna incitación o sentimiento contrario, ¿tienen estos tanto mérito como los que han de luchar con su propia naturaleza y la vencen?

Los que no tienen que luchar es porque en ellos se ha realizado ya el progreso. Han luchado en otro tiempo y han vencido, y de aquí que los buenos sentimientos no le cuesten ningún esfuerzo y les parezcan muy naturales sus acciones; el bien se ha convertido para ellos en hábito. Débeseles honrar, pues, como a viejos guerreros que han ganado sus grados.

Como están lejos aún de la perfección, esos ejemplos os sorprenden por el contraste, y los admiráis tanto más cuanto más raros son; pero sabed que en los mundos más adelantados que el vuestro, es regla general lo que es excepción en el vuestro. En ellos es espontáneo por todas partes el sentimiento del bien; porque no están habitados más que por los espíritus buenos, y una sola mala intención sería allí una excepción monstruosa. He aquí porqué en ellos los hombres son felices, y así sucederá en La Tierra cuando la humanidad se haya transformado, y cuando comprenda y practique la caridad en su verdadera acepción.

─ A parte de los defectos y vicios, respecto de los cuales nadie puede equivocarse, ¿cuál es la señal más característica de la imperfección?

El interés personal. Las cualidades morales son a menudo como el dorado de un objeto de cobre, que no resiste el toque o rose con una piedra. Un hombre puede poseer cualidades reales que le hacen un hombre de bien a los ojos de los otros; pero, aunque semejantes cualidades sean un progreso, no resisten siempre a ciertas pruebas, y basta a veces tocar la fibra de su interés personal para descubrir la realidad. El verdadero desinterés es una cosa rara en el mundo, que cuando se presenta se le admira como un raro fenómeno.

El apego a las cosas materiales es una señal notoria de inferioridad; porque cuanto más se apega el hombre a los bienes del mundo, menos comprende su destino. Con el desinterés prueba, por el contrario, que contempla el porvenir desde un más elevado punto.

─ Hay gentes desinteresadas sin discernimiento, que derrochan su fortuna sin provecho real y sin emplearla racionalmente; ¿tienen algún mérito?

Tienen el del desinterés, pero no el del bien que podrían hacer. Si el desinterés es una virtud, la dilapidación irreflexiva es siempre una falta de juicio por lo menos. No se da a los unos la fortuna para que la despilfarren, como no se da a los otros para que la encierren en sus arcas. Es un depósito del que habrán de dar cuenta; porque habrán de responder de todo el bien que estaba en sus manos hacer, y que no hicieron; de todas las lágrimas que hubieran podido secar con el dinero que han dado a los que no lo necesitaban.

─ El que hace el bien, no con la mira de una recompensa terrena, sino con la esperanza de que se le tomará en cuenta en la otra vida, y de que su posición será mejor en consecuencia, ¿es reprensible y perjudica a su adelanto semejante pensamiento?

Es preciso hacer el bien por caridad; es decir, con desinterés.

─ Cada uno, empero, tiene el natural deseo de adelantar para salir del penoso estado de esta vida; los mismos espíritus nos enseñan a practicar el bien con este objetivo. ¿Es, pues, un mal el pensar que, haciendo el bien puede esperarse una mejor vida que en La Tierra?

Ciertamente que no. Pero el que hace el bien de manera automática, espontánea, desinteresadamente y por el solo placer de ser agradable a su prójimo que sufre, se encuentra ya en un grado de adelanto significativo, que le permitirá llegar a la dicha mucho antes que su hermano que también hace el bien pero por reflexión y razonamiento, y no propiamente por un impulso o arrastre natural de su corazón.

─ ¿No ha de establecerse aquí una distinción entre el bien que puede hacerse al prójimo, y el cuidado que uno pone en corregirse de sus defectos? Concebimos que hacer el bien con la idea de que se nos tomará en cuenta en la otra vida, aunque es meritorio, no lo es tanto; pero enmendarse, vencer sus pasiones, corregir su carácter con la mira de aproximarse a los espíritus buenos y elevarse, ¿es, igualmente, señal de inferioridad?

No, no. Por hacer el bien entendemos el ser caritativo. El que calcula lo que cada buena acción puede reportarle a sí mismo en la vida futura como en la terrestre, procede como un egoísta. Pero no existe egoísmo en mejorase con la mira de acercarse a Dios, pues este es el objetivo por el que debe propender cada uno.

─ Puesto que la vida corporal no es más que una permanencia temporal en La Tierra, y que nuestro principal cuidado ha de ser el porvenir, ¿es útil esforzarse en adquirir conocimientos científicos que solo se relacionan con las cosas y con las necesidades materiales?

Sin duda es útil. Ante todo porque os pone en disposición de aliviar a vuestros hermanos, y después porque tu espíritu progresará más de prisa, si ha progresado ya intelectualmente. En el intervalo de las encarnaciones, aprendéis en una hora lo que os costaría años en La Tierra. No hay conocimiento alguno inútil; todos contribuyen en mayor o en menor grado al progreso, porque el espíritu perfecto debe saberlo todo, y porque debiendo realizarse en todos los sentidos, todas las ideas adquiridas favorecen el desarrollo del espíritu.

─ De dos hombres ricos, en donde el primero ha nacido en la opulencia y nunca ha conocido la necesidad, mientras que el segundo debe su fortuna al trabajo, y ambos la emplean exclusivamente en su satisfacción personal, ¿cuál es más culpable?

El que ha conocido el sufrimiento, porque sabe lo que es sufrir y conoce el dolor que ─ahora que puede─ no quiere ayudar a aliviar en otros, de los cuales, con mucha frecuencia, ni se acuerda de ellos.

─ El que acumula sin cesar y sin hacer bien a nadie, ¿tiene excusa valedera con el argumento de que amontona para legar más a sus herederos?

Eso no es un ajuste con su mala conciencia.

─ De dos avaros, el uno se priva de lo necesario, no se da gusto alguno y, finalmente, muere de hambre junto a su tesoro. El segundo solo es avaro respecto de los otros, es pródigo y gastador para sí mismo, y mientras retrocede ante el más pequeño sacrificio para prestar un favor o hacer un servicio, nada le cuesta satisfacer todos sus gustos y pasiones. Si se le pide un favor, siempre tiene excusas para no hacerlo y dice estar en mala situación, pero siempre tiene lo suficiente para complacerse todos sus caprichos. ¿Cuál de los dos es más culpable, y cuál tendrá peor lugar en el mundo de los espíritus?

El que goza. Es más egoísta que avaro. El otro ha encontrado ya parte de su castigo.

─ ¿Es reprensible envidiar la riqueza, cuando sucede por deseo de hacer el bien?

El sentimiento, cuando es puro, es laudable, no cabe duda; pero semejante deseo, ¿es siempre completamente desinteresado y no encuentra alguna pretensión personal? La primera persona a quien se desea hacer bien, ¿no es con frecuencia a sí mismo?

─ ¿Hay culpabilidad en estudiar los defectos de los otros?

Si es para divulgarlos a fin de que sean criticados, hay mucha culpabilidad, porque es faltar a la caridad. Si es para sacar provecho del estudio y evitarlos en sí mismo, puede ser útil a veces; pero es preciso no olvidar que la indulgencia, tolerancia y paciencia, para con todos los defectos ajenos en una de las virtudes comprendidas en la caridad. Antes de reprochar a los otros sus imperfecciones, ved si puede decirse otro tanto de vosotros. Procurad, pues, tener las cualidades opuestas a los defectos que criticáis en otro, que este es el medio de haceros superiores. Le censuráis la avaricia, sed generosos; el orgullo, sed humildes y modestos; la dureza, sed amables; la pequeñez en las acciones, sed grandes en todas las vuestras; en una palabra: haced de modo que no se os pueda aplicar esta frase de Jesús: "Ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo".

─ ¿Hay culpabilidad en buscar los defectos de la sociedad y en destaparlos?

Depende del sentimiento que conduce a hacerlo. Si el escritor o periodista no tiene otra mira que producir escándalo y malestar, se está procurando un goce personal, presentando esas informaciones y esos cuadros que sirven más de malo que de buen ejemplo. Ese espíritu distingue, y puede ser castigado por esa clase de placer que experimenta revelando el mal.

─ ¿Cómo podrá juzgarse, en caso semejante, de la pureza de las intenciones y de la sinceridad del escritor?

Eso no siempre es útil. Si escribe cosas buenas, aprovechaos de ellas. Y si él obra mal, esa es cuestión de conciencia que solo a él atañe. Por lo demás, si desea probar su sinceridad, tócale apoyar el precepto con el ejemplo propio.

─ Ciertos autores han publicado obras muy bellas y morales que favorecen el progreso de la humanidad; pero de las cuales se han provechado muy poco sus autores; ¿se les toma en cuenta, como espíritus, el bien que han hecho sus obras?

La moral sin las acciones, es la semilla sin trabajo. ¿De qué os sirve la semilla, si no la hacéis fructificar para alimentaros? Esos hombres son más culpables, porque tenían inteligencia para comprender. No practicando las máximas que daban a los otros, han renunciado a recoger el fruto.